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Columna de opinión: “Augurando un futuro feliz” la memoria en tiempos del Bicentenario

  • hace 10 horas
  • 3 Min. de lectura

Si el Bicentenario no nos incomoda, será apenas ceremonia. Nuestro himno comienza diciendo “Chiloé es mi tierra querida…”, no inicia con datos, declama un vínculo. No celebramos un decreto; conmemoramos el sentido de pertenencia. Allí reside la primera distinción necesaria: la identidad no emerge en un acto administrativo.

Doscientos años desde la anexión de 1826 constituyen un hito solemne, mas no yace allí aquello que llamamos identidad. Somos más antiguos que el acto que nos integró formalmente a la República. Existíamos antes del mapa político que nos dibujó dentro de sus límites y fronteras. Hoy entonar la frase “esta tierra chilota insular”, no solo describe paisajes: revela una condición histórica.


El aislamiento no fue metáfora romántica, fue estructural. Fue distancia del poder, del desarrollo y de las prioridades llamadas “nacionales”. En esa distancia se forjó el carácter, una forma de convivir y una forma particular de resistencia. Entonar con orgullo que fuimos-o somos- una comunidad “valiente, heroica y guerrera, que fue el último reducto español…” es un verso épico que desnuda identidad, pero también síntoma. Ser el último reducto no solo habla de resistencia, habla de periferia prolongada, de integración tardía, de historia vivida al margen del centro.


Y esa periferia no fue solo geográfica, fue social y económica. “Tus hijos te labran contentos, empuñando del arado el timón” prosigue el himno, sin embargo, sabemos que muchos no pudieron labrar su destino en la isla. La historia chilota es también historia de migraciones y partidas. El Bicentenario no puede reducirse a postal ni a desfile, debe ser un tiempo contemplativo para visibilizar todas las historias: las resistencias indígenas, de los que vivieron del auge y caída del periodo maderero y el ciclo salmonero; la de chilotes que partieron a las salitreras del norte y a las pampas patagónicas chilenas y argentinas; allí, lejos de su tierra aportaron a la construcción económica de territorios que no siempre los reconocieron. Allí “los chilotes” fueron muchas veces categoría social antes que identidad cultural. Resistieron tanto la intemperie climática como la marginación estructural, siempre esperanzados en “augurar un futuro feliz”.


Estos doscientos años nos exigen hablar sin eufemismos de dolorosos sucesos que enmarcan la historia de la “Patagonia Rebelde”; de la matanza de cientos de trabajadores chilotes fusilados en diciembre de 1921, en la Estancia Anita, en el contexto de las huelgas obreras de la Patagonia por exigir condiciones laborales dignas. Ante esto ¿es adecuado soñar con “augurar un futuro feliz”, sin reconocer que para muchos “el futuro” fue símbolo de violencia, opresión y olvido? Son chilotes aún sin voz, aún sin nombres, que habitan en el silencio atemporal de la pampa magallánica y en el desasosiego de sus seres queridos. Murieron como parte de una historia obrera trágica que extrañamente se reconoce en la escena comunicacional nacional.

 

El riesgo contemporáneo no es perder tradición, es perder conciencia. La desafección identitaria no ocurre de golpe: comienza cuando la cultura se vuelve escenografía y deja de ser experiencia cotidiana; cuando el mito sobrevive en el relato, pero se debilita su práctica; cuando lo propio empieza a parecer accesorio frente a lo dominante y termina reducido a mero “merchandising” de consumo para el turista.


Durante siglos el sincretismo de nuestros ritos, nuestra religiosidad popular, nuestra música artesanía, arquitectura, nuestras palabras y nuestras comidas, fueron fortaleza cultural y social. Hoy -creo- enfrentan una tensión silenciosa: adaptarse sin diluirse, integrarse sin desaparecer.


El Bicentenario no es solo memoria, es decisión. Decisión sobre qué historia contamos, sus aristas y múltiples conjeturas. Sobre qué versos seguimos cantando sin interrogarlos. Sobre si dentro de otros doscientos años alguien seguirá diciendo con sentido pleno, “Chiloé es mi tierra querida”, o si esa frase será apenas el eco nostálgico de lo que alguna vez supimos y quisimos ser. No bastará con añorar el Chiloé que fue, ya que la identidad no es herencia pasiva; es construcción activa y comunitaria.


Que perdure por siempre nuestro Chilhué, con su naturaleza indómita y sus historias luminosas, incómodas, con sus relatos míticos y llenos de magia; con las chilotas y chilotes que, a punta de arado, gualato, remo, espinel y quiñe, sostuvieron la vida en este archipiélago rodeado del frío mar, como de cielos de casi siempre lluviosos. Ahí, donde la intemperie forjó cultura y el aislamiento fortaleció comunidad.


Quisiera cerrar, parafraseando una pequeña parte del himno a Queilen escrito por un campesino agricultor; don Braulio Hernández, que declama “Promesa, futuro, es tu destino…”  y me permito pensar ¿Qué prometemos hoy a las nuevas generaciones? ¿Cuál es el futuro que anhelamos como territorio? ¿Cuál ha sido y cuál queremos que sea el destino de nuestra isla en el próximo centenario?


Porque un Bicentenario sin memoria es solo ceremonia, y los pueblos que celebran sin preguntarse quiénes son, tarde o temprano terminan olvidando quiénes fueron.

 

Por: Paul Cárdenas Hernández

Queilen, febrero de 2026.

 
 
 

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